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Biología

El camarón mantis tiene doce receptores de color y distingue peor que una abeja

24 de enero de 2026 10 min de lectura

Ilustración generada con GPT Image.
Ilustración generada con GPT Image.

Una frase circula por internet desde principios de la década de 2010, y por la literatura científica desde 1989: el camarón mantis vería colores que nosotros somos incapaces de imaginar. Tiene doce tipos de fotorreceptores de color, nosotros tenemos tres, así que su mundo sería cuatro veces más rico que el nuestro. La cuenta es exacta y la conclusión es falsa. Desde 2014 sabemos que este animal separa dos longitudes de onda vecinas peor que la abeja, peor que el pez rojo y mucho peor que una mariposa. Lo interesante de la historia no es la corrección: es que la corrección ha sido corregida dos veces, y por el mismo laboratorio que la había publicado.

Un descubrimiento que se desbordó de su artículo

En mayo de 1989, Thomas Cronin y Justin Marshall publican en Nature un artículo de título prudente: «A retina with at least ten spectral types of photoreceptors in a mantis shrimp» (vol. 339, n.º 6220, pp. 137 a 140). Al menos diez. La cuenta subirá después hasta doce receptores de color en los estomatópodos, esos crustáceos marinos a los que llamamos galeras o camarones mantis. Esos doce canales muestrean el espectro de 300 a 720 nanómetros, del ultravioleta profundo al rojo lejano, y no están solos en el ojo: si se añaden los receptores dedicados a la polarización y a la intensidad, se llega a una veintena de canales de entrada. El ojo humano tiene tres tipos de conos.

El resto del razonamiento se escribió solo, y era falso. Cuatro veces más receptores, luego un espacio de color de doce dimensiones, luego tonos que seríamos incapaces de concebir. Los propios investigadores describieron ese desbordamiento en un artículo de i-Perception publicado en línea el 17 de septiembre de 2014 (vol. 5, n.º 6, pp. 492 a 496) y firmado por Qasim Zaidi, Justin Marshall, Hanne Thoen y Bevil Conway: «the scientific imagination ran wild: do they have a 12-dimensional (12-D) color space, so that they distinguish colors we confuse, and see colors we cannot even imagine?». En esa misma frase, los autores reparten los doce receptores en tres ultravioletas y nueve entre 400 y 700 nanómetros; ese reparto no es estable de un estudio a otro, y Michael Bok y sus colegas llegan a describir hasta seis tipos de receptores ultravioleta en Neogonodactylus oerstedii (Current Biology, 2014, vol. 24, pp. 1636 a 1642).

Quedaba, sin embargo, una pregunta sin medir. Las pruebas de comportamiento ya habían mostrado, desde 1996, que el animal aprende a reconocer un color entre grises. Ninguna había establecido el umbral: ¿a partir de qué diferencia distingue dos longitudes de onda vecinas? Hicieron falta veinticinco años para ir a comprobarlo.

La medición que lo puso todo del revés

El 24 de enero de 2014, Hanne H. Thoen, Martin J. How, Tsyr-Huei Chiou y Justin Marshall publican en Science «A Different Form of Color Vision in Mantis Shrimp» (vol. 343, n.º 6169, pp. 411 a 413, DOI 10.1126/science.1245824). El protocolo mide una función delta lambda: la menor diferencia de longitud de onda que un animal logra distinguir de forma fiable, tomada a lo largo de todo el espectro. Es la unidad de medida estándar de la finura cromática, y ya existía para la abeja, el pez rojo, la mariposa y el ser humano.

La frase central del resumen no se anda con precauciones: «Behavioral wavelength discrimination tests (Δλ functions) in stomatopods revealed a surprisingly poor performance, ruling out color vision that makes use of the conventional color-opponent coding system».

La cifra, recordada y puesta en perspectiva por Ching-Wen Judy Wang y Justin Marshall en la introducción de un artículo del Journal of Experimental Biology publicado en línea el 8 de enero de 2025, sitúa a la galera Haptosquilla trispinosa entre 15 y 25 nanómetros. En la misma comparación: el ser humano entre 1 y 8 nanómetros (De Valois y Jacobs, 1968), el pez rojo entre 3 y 20 (Neumeyer, 1986), la abeja doméstica entre 5 y 20 (von Helversen, 1972) y la mariposa Papilio xuthus entre menos de 1 y 15 (Koshitaka y sus colegas, Proceedings of the Royal Society B, 2008, vol. 275, pp. 947 a 954). Este último caso merece que nos detengamos. La mariposa posee ocho variedades de receptores espectrales, baja hasta cerca de 1 nanómetro en tres puntos del espectro (hacia 430, 480 y 560 nanómetros), la diferencia más pequeña jamás medida según sus autores, humanos incluidos. Y el título del artículo dice: «Tetrachromacy in a butterfly that has eight varieties of spectral receptors». Ocho receptores, cuatro dimensiones de color. El número de receptores y la finura de discriminación no son la misma magnitud, y el ejemplo estaba disponible desde 2008.

Doce canales y el último puesto de la clasificación. En ese mismo número de Science, Michael Land y Daniel Osorio dedican un comentario al resultado: «Extraordinary Color Vision» (pp. 381 a 382). El título no es un sarcasmo, y la entradilla de la revista lo precisa: «The compound eyes of mantis shrimps see color in a fundamentally different way from other animals». Lo extraordinario está en el mecanismo, no en el rendimiento.

Doce canales para no comparar nada

La pregunta que los autores formulan en su resumen sigue siendo la manera de referencia de plantear el problema: «Why use 12 color channels when three or four are sufficient for fine color discrimination?».

Su respuesta invierte la arquitectura. Un sistema clásico compara: pone en relación las respuestas de dos o tres receptores de banda ancha, y es esa relación, y no el número de receptores, la que produce la finura. Es la codificación por oposición. La galera, según la hipótesis de 2014, no compara. Cada receptor de banda estrecha actuaría como un detector independiente, y el color se leería como un patrón de activación, la posición del pico dentro de una serie de doce casillas. Los autores comparan el dispositivo con una cóclea, que analiza el espacio sonoro por bandas en lugar de comparar relaciones.

Esta forma de leer tiene un precio y un beneficio. El precio: dos verdes vecinos se vuelven indistinguibles. El beneficio: el reconocimiento es inmediato y no exige casi ningún cálculo posterior. Zaidi y sus coautores relacionan esa economía con las limitaciones del animal, en modo de hipótesis y no de demostración: decisiones de caza rápidas tomadas con un cerebro pequeño podrían haber llevado a cablear el color ya en la entrada del sistema visual.

Dos elementos respaldan la hipótesis. Primero, el ojo de la galera barre. Michael Land, Justin Marshall, D. Brownless y Thomas Cronin describieron ya en 1990 los movimientos oculares lentos de Odontodactylus scyllarus (Journal of Comparative Physiology A, vol. 167, pp. 155 a 166), movimientos que la óptica muy comprimida de ese ojo hace necesarios. Un ojo que barre lee una escena en serie, como un lector de códigos de barras, de ahí el apodo de la hipótesis. Segundo, el paralelismo señalado en i-Perception: en la corteza temporal inferior del macaco, unas células sintonizadas de forma muy estrecha con un color bastan, por simple regla del ganador, para producir una decodificación correcta. Los autores simularon 279 de esas células respondiendo a 45 colores y recuperaron el mismo esquema. Los estomatópodos se separaron de los demás crustáceos hace unos 400 millones de años; Zaidi y sus coautores fechan el sistema de los primates en 40 millones de años. Dos linajes sin relación habrían convergido en la misma estrategia de decodificación, uno en la retina, el otro varios pisos más allá. Los autores lo presentan como un parecido llamativo, no como un hecho establecido.

La corrección fue corregida a su vez

El relato popular suele detenerse en 2014, en la imagen satisfactoria del animal sobrevalorado. Sin embargo continuó, y en el mismo laboratorio.

En marzo de 2022, Amy Streets, Hayley England y Justin Marshall publican en el Journal of Experimental Biology «Colour vision in stomatopod crustaceans: more questions than answers» (vol. 225, n.º 6, jeb243699). Ponen a prueba la hipótesis del código de barras con colores poco saturados, los que el modelo predice que se confundirán con el gris. Haptosquilla trispinosa los distingue sin dificultad, saturados y desaturados por igual. El resultado secundario es el más incómodo. Los animales se prueban primero durante una semana en el arrecife, en la estación de Lizard Island, y después durante veinte semanas en el laboratorio con iluminación artificial. Durante las diez primeras semanas de laboratorio todos aprenden la tarea (P menor que 0,001); durante las diez siguientes, con la misma iluminación, ya no eligen el blanco correcto mejor que el azar, y con ningún color (P mayor que 0,05). El mismo derrumbe se repite en una segunda especie, Gonodactylus smithii. Los autores lo interpretan como una plasticidad rápida de la visión del color, muy probablemente un cambio de expresión de las opsinas, y extraen de ello una consecuencia molesta para toda la literatura: el fracaso histórico de Odontodactylus scyllarus con un azul poco saturado, descrito por Marshall, Jones y Cronin en 1996 (Journal of Comparative Physiology A, vol. 179, pp. 473 a 481) y citado durante años como indicio del código de barras, podría deberse a un sentido del color modificado temporalmente por el acuario.

Después, el 8 de enero de 2025, Ching-Wen Judy Wang y Justin Marshall publican en la misma revista «Behavioural evidence of spectral opponent processing in the visual system of stomatopod crustaceans» (vol. 228, n.º 1, jeb247952). La prueba es sencilla: bajo una luz coloreada, un sistema sin oposición ya no puede separar un color de un gris. En el primer experimento se entrenan 69 animales y solo 20 resultan fiables. El grupo verde acierta un 71,08 % con luz natural y un 75,7 % bajo iluminación verde; el grupo rojo pasa del 74,73 % al 73,74 %. Solo el grupo azul se derrumba, del 76 % al 40 %, estadísticamente indistinguible del sorteo en una prueba de tres opciones (ji cuadrado, P igual a 0,3291). Ese último grupo se apoya únicamente en cuatro individuos y unas pocas decenas de ensayos, algo que los autores no ocultan. Su conclusión: la primera prueba conductual directa de una oposición espectral en los estomatópodos y, por tanto, un sistema híbrido. Cada una de las cuatro filas centrales del ojo funcionaría como un canal casi dicromático y bastante autónomo, mientras que la lectura por casillas aportaría el sentido general del color.

Por qué sobrevive la versión de los doce colores

La creencia no descansa en un malentendido científico, sino en una extrapolación aritmética: tres receptores producen el espectro humano, luego doce producen una versión desmesurada. Falla en un punto único y decisivo. El número de receptores no fija la finura cromática; la fija el tratamiento de sus salidas. Y el resultado de 2025 añade una capa a la lección: este animal posee de hecho una forma de oposición, y su discriminación sigue siendo tosca. Comparar no basta más que contar.

Sobre todo, circuló antes que su refutación, por canales que la refutación nunca alcanzó. La tira cómica de Matthew Inman «Why the mantis shrimp is my new favorite animal», publicada en The Oatmeal, declara al pie de página que se inspira en un episodio del pódcast RadioLab dedicado al color (21 de mayo de 2012) y remite a tres artículos de prensa: ABC News, Los Angeles Times (8 de junio de 2012) y Wired (octubre de 2009). Ninguna de esas fuentes hacía trampa, y ninguna va más allá de junio de 2012: el artículo de 2014 todavía no existía.

Queda la asimetría de formato. «Doce receptores, un arcoíris que no puedes ni imaginar» cabe en una línea. La versión exacta exige definir una función delta lambda, explicar por qué comparar vale más que contar, admitir que un resultado de 2014 fue matizado en 2022 y luego revertido en parte en 2025, y terminar con una hipótesis híbrida que nadie ha zanjado todavía. Justin Marshall firma tanto el artículo de 1989 como el de 2025. El resumen de 2022 lo dice sin rodeos: seguimos sin saber por qué estos animales discriminan tan mal los colores con el juego de sensibilidades espectrales más completo del reino animal, ni qué modo de tratamiento emplean. Treinta y seis años después del primer recuento de receptores, la mecánica se ha movido mucho. La pregunta de partida, no.

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